Por Belma Polonia González
Ciudadanía RD Media

Hay rechazos que duelen y otros que despiertan. Algunos nos toman por sorpresa; otros los veíamos venir, pero nunca estábamos del todo listos. Lo que tienen en común es que nos hacen pausar. Y, a veces, esa pausa es justo lo que necesitamos para redibujar nuestra ruta.
El mío llegó en mi primer trabajo formal. Había terminado la universidad con esa mezcla clásica de ilusión, ansiedad y ganas de demostrar lo que valía. Recuerdo que envié mi resumen por fax (sí, por fax), con la esperanza de que alguna de esas empresas —muchas elegidas al azar en la guía telefónica— me ofreciera una oportunidad….Y una lo hizo.
Era una empresa de cobros. No era lo que había soñado, pero sí fue lo que necesitaba. Allí aprendí que la comunicación empática puede generar resultados concretos. Que no se trataba solo de cobrar, sino de escuchar al otro lado de la línea. De dar espacio a las historias, incluso cuando parecían excusas. De aplicar firmeza con humanidad.
En poco tiempo, había logrado recuperar una gran parte de la cartera considerada “incobrable”. Me sentía útil, reconocida y, sobre todo, en sintonía con lo que hacía. Recuerdo que celebraban las metas con el toque de una campana, y aquella vez la campana sonó por mí.
Pero luego, sin aviso, también llegó la despedida acompañada de esta frase:
“Tu popularidad te va a hacer daño”. No hubo más explicaciones. Solo un sobre, una frase y una sensación de vacío que duró semanas. Me sentí confundida. ¿Cómo algo tan bien hecho podía terminar de esa manera? ¿Qué mensaje debía leer entre líneas?
Hoy, años después, entiendo que esa experiencia no fue una pérdida: fue una dirección. Me enseñó que no siempre serás aceptada en los lugares donde brillas… pero eso no significa que debas apagar tu luz.
Aquella salida me obligó a mirar más profundo: ¿qué tipo de profesional quería ser? ¿En qué tipo de cultura quería crecer? ¿Qué tan importante era para mí trabajar en un espacio donde pudiera ser escuchada, no solo eficiente?
Esa pregunta se convirtió en brújula. Seguí mi camino con más claridad. No menos miedos, pero sí más conciencia. Aprendí a leer señales, a confiar en mi voz y a aceptar que, si una puerta se cierra, no significa que el camino terminó. Significa que quizás no era la puerta correcta para lo que estaba destinada a hacer.
Aprendizaje. El rechazo no define nuestro valor. A veces simplemente revela lo que está listo para transformarse. Hoy sé que la verdadera validación no siempre viene del reconocimiento externo sino de la paz con la que te miras en el espejo sabiendo que actuaste con integridad.
Y que una ruta nueva puede nacer justo donde sentías que todo se estaba cayendo.
