
Por Dr. Amín Cruz
“El desarrollo no es un accidente, es una construcción colectiva.” Manuel Castells
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha proyectado un crecimiento regional de apenas 2,2% para 2025 y 2,3% para 2026, cifras que confirman la persistencia de un ciclo de bajo dinamismo económico. Este estancamiento no es meramente coyuntural; es el reflejo de una estructura económica frágil, dependiente y desigual. En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, fragmentación comercial, condiciones financieras restrictivas y vulnerabilidades climáticas, América Latina se enfrenta a una encrucijada histórica: seguir administrando la escasez o construir un nuevo pacto económico que priorice la resiliencia, la equidad y la sostenibilidad.
Crecimiento débil y vulnerabilidad estructural
El informe de la CEPAL señala que la debilidad de la demanda interna —especialmente el consumo privado— y el entorno internacional desfavorable son los principales factores que explican el bajo crecimiento. A esto se suma una creciente vulnerabilidad externa, reflejada en el aumento del déficit de cuenta corriente y la dependencia del capital externo. La región también enfrenta una desaceleración del empleo, con una tasa de desocupación proyectada del 5,6%, y una inflación que, aunque estable, está sujeta a presiones al alza.
La fragmentación geoeconómica, los conflictos bélicos y el debilitamiento del comercio internacional configuran un escenario de incertidumbre que limita las posibilidades de recuperación. En este contexto, las economías latinoamericanas se ven atrapadas en una lógica de ajuste y contención, sin una estrategia clara de transformación estructural.
Desempeño desigual entre subregiones
Sudamérica muestra un crecimiento ligeramente superior al promedio regional (2,7% en 2025), impulsado por la recuperación de Argentina, Ecuador y Colombia, así como la expansión sostenida de Paraguay. Sin embargo, esta mejora es parcial y no representa una tendencia consolidada. Centroamérica y México, por su parte, crecerán apenas un 1,0%, afectados por la desaceleración de la economía estadounidense, de la cual dependen comercial, financiera y migratoriamente. El Caribe, excluyendo a Guyana, también enfrentará una desaceleración, con un crecimiento de 1,8% en 2025, limitado por la caída en la demanda turística y los altos costos de energía y transporte.
Estas cifras revelan una profunda heterogeneidad en el desempeño económico, pero también una constante: la vulnerabilidad externa y la falta de motores internos de crecimiento.
Más allá del PIB: repensar el modelo de desarrollo
El problema no es solo el bajo crecimiento, sino el tipo de crecimiento que se persigue. Durante décadas, América Latina ha apostado por modelos extractivistas, exportadores y financieramente dependientes, que han profundizado las desigualdades sociales, debilitado el tejido productivo local y erosionado la capacidad estatal. El estancamiento actual es, en parte, consecuencia de esa trayectoria.
Un nuevo pacto económico debe partir del reconocimiento de que el crecimiento económico no puede ser un fin en sí mismo. Se requiere una estrategia que articule desarrollo productivo, justicia social y sostenibilidad ambiental. Esto implica:
- Fortalecer el mercado interno mediante políticas redistributivas, empleo digno y protección social.
- Impulsar la integración regional como mecanismo de resiliencia frente a choques externos.
- Diversificar la matriz productiva, apostando por la innovación, la economía del conocimiento y la transición energética.
- Reconocer y valorizar la economía del cuidado, como motor de bienestar y empleo, especialmente para las mujeres.
- Reformar la arquitectura fiscal y financiera, para garantizar autonomía y capacidad de inversión pública.
El papel del Estado y la ciudadanía
Este nuevo pacto no puede ser tecnocrático ni impuesto desde arriba. Requiere una ciudadanía activa, informada y organizada, capaz de incidir en las decisiones económicas. El Estado debe recuperar su papel estratégico como planificador, regulador y garante de derechos, superando la lógica del ajuste y la austeridad.
Además, es fundamental incorporar una perspectiva ética en la formulación de políticas públicas, que reconozca la dignidad de las personas, la diversidad de los territorios y la urgencia de enfrentar las crisis climáticas y sociales con responsabilidad intergeneracional.
El crecimiento proyectado de 2,2% para América Latina en 2025 es una señal de alerta, pero también una oportunidad para repensar el rumbo. No se trata solo de crecer más, sino de crecer mejor. Un nuevo pacto económico debe ser inclusivo, sostenible y participativo, capaz de transformar las estructuras que perpetúan la desigualdad y la dependencia. América Latina tiene los recursos, el talento y la historia para hacerlo. Lo que falta es voluntad política, visión estratégica y compromiso ético.
“Donde hay una gran necesidad, nace una gran oportunidad.” Albert Einstein
Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador.