
Nepal atraviesa una de las crisis políticas más violentas de su historia reciente. Lo que comenzó como una protesta contra la prohibición de redes sociales se ha transformado en una revuelta nacional liderada por jóvenes de la Generación Z, que acusan al gobierno de corrupción, censura y traición generacional. El epicentro del caos: Katmandú, donde el Parlamento fue incendiado y las residencias de altos funcionarios, atacadas.
La furia ciudadana alcanzó niveles alarmantes cuando manifestantes irrumpieron en la residencia del ex primer ministro Sher Bahadur Deuba y su esposa, la ministra de Asuntos Exteriores Arzu Rana Deuba. Ambos fueron agredidos físicamente por la turba, según reportes del periodista Aditya Raj Kaul desde la capital. Las imágenes del ataque se viralizaron, generando indignación y alarma internacional.
El presidente Ram Chandra Poudel y el primer ministro KP Sharma Oli también fueron blanco de la violencia. Sus residencias fueron incendiadas por manifestantes que lograron burlar la seguridad. La escena recordó los disturbios en Bangladesh en 2024, cuando la casa de la primera ministra Sheikh Hasina fue atacada por turbas similares. En Nepal, la historia parece repetirse con una intensidad aún mayor.
La renuncia de KP Sharma Oli el lunes no logró calmar los ánimos. Su salida se produjo tras una represión que dejó al menos 19 muertos y más de 300 heridos. Se reporta que altos líderes comunistas están abandonando el país en helicópteros, mientras el vacío de poder genera una carrera frenética por formar un nuevo gobierno.
Las protestas, inicialmente motivadas por el bloqueo de plataformas como Facebook, YouTube y X, evolucionaron hacia un movimiento anticorrupción. Jóvenes nepaleses desafiaron toques de queda y enfrentaron a las fuerzas de seguridad, que respondieron con gases lacrimógenos, cañones de agua y munición real. Amnistía Internacional denunció el uso excesivo de la fuerza y la ONU exige una investigación independiente.
En Katmandú, los enfrentamientos dejaron al menos 17 muertos, mientras que en Sunsari se reportaron dos víctimas más. La policía confirmó que las manifestaciones se tornaron incontrolables, con incendios en edificios gubernamentales y ataques a sedes de partidos políticos. La residencia del ministro de Energía, Deepak Khadka, también fue vandalizada.
Videos difundidos en redes muestran a manifestantes derribando símbolos del poder, como banderas del Partido Comunista, mientras gritaban consignas contra el sistema. La frustración juvenil se ha convertido en una fuerza imparable que exige cambios estructurales. “El país nos ha fallado”, declaró un joven manifestante a medios locales.
Aunque el gobierno levantó la prohibición de redes sociales y convocó a conversaciones multipartidarias, los analistas advierten que el malestar de fondo sigue sin resolverse. La crisis ha expuesto la fragilidad institucional de Nepal y la desconexión entre la élite política y una generación que exige ser escuchada. El futuro del país pende de un hilo, mientras las llamas del descontento siguen ardiendo.