Por Dr. Amín Cruz
Analista internacional y comunicador

La diplomacia, uno de los instrumentos más antiguos y determinantes de la convivencia internacional, atraviesa en la actualidad una transformación profunda que evidencia la pérdida de su liderazgo tradicional y su progresiva adaptación a un escenario global caracterizado por la digitalización acelerada, la multipolaridad del poder y la crisis de los consensos multilaterales.
“La diplomacia es el arte de decir lo más desagradable de la manera más agradable”, afirmaba Sir Isaac Newton. Sin embargo, en pleno siglo XXI, este arte ha abandonado los salones cerrados, los protocolos rígidos y la discreción clásica para trasladarse a plataformas digitales, redes sociales y espacios de opinión pública global. Como advierte el geopolítico Ignacio Ramonet, la diplomacia contemporánea ha perdido parte de su naturalidad, reemplazando el diálogo pausado por la inmediatez comunicacional y la confrontación mediática.
La diplomacia tiene un origen milenario. Desde los primeros intercambios de mensajeros entre Mesopotamia y Egipto, pasando por el histórico Tratado de Paz de Kadesh (c. 1269 a. C.), hasta su consolidación moderna tras el Tratado de Westfalia (1648) y el Congreso de Viena (1815), ha sido un instrumento clave para prevenir conflictos, proteger intereses nacionales y promover la cooperación internacional.
No obstante, ahora tiene un nuevo paradigma, el mundo contemporáneo ha modificado radicalmente este paradigma. La emergencia de nuevas potencias, el debilitamiento del orden liberal internacional y el impacto de la revolución tecnológica han reducido la capacidad de la diplomacia tradicional para liderar procesos de consenso y estabilidad global.

Estamos en una diplomacia en proceso de reinvención; el surgimiento de un orden internacional multipolar, la irrupción de actores no estatales y la influencia determinante de las tecnologías digitales han debilitado los esquemas clásicos de la diplomacia. Hoy, la política exterior ya no se construye exclusivamente desde cancillerías y embajadas, sino también desde plataformas digitales, donde la imagen, la narrativa y la percepción pública influyen de manera directa en las relaciones internacionales.
A nuestro parecer, Estados Unidos inició este proceso tras la Segunda Guerra Mundial y la creación de las Naciones Unidas; sin embargo, quien lo ha llevado a su máxima expresión es el expresidente Donald Trump, al sustituir los canales diplomáticos tradicionales por declaraciones directas, confrontativas y mediáticas. En este contexto, los diplomáticos del presente y del futuro están llamados a ejercer un liderazgo adaptativo, capaz de responder con agilidad a crisis simultáneas, tensiones geopolíticas y desafíos transnacionales.
Las Naciones Unidas, ONU cada día pierde más fuerza y prestigio y lo está absorbiendo el presidente Donald Trump, quien está dirigiendo el mundo con un estilo nunca visto multipolar, diariamente, cambia la ficha y tiene al mundo en un laberinto, por citar a Gabriel García Márquez, en “Cien años de soledad”.
La diplomacia contemporánea exige un perfil profesional renovado que integre competencias estratégicas acordes con la complejidad del mundo actual, entre ellas:
- Sensibilidad cultural y mentalidad abierta, ante la coexistencia de potencias tradicionales y actores emergentes.
- Dominio tecnológico, incluyendo comunicación estratégica digital, análisis de datos, inteligencia artificial y ciberseguridad.
- Empatía, integridad y credibilidad, en un entorno marcado por la desinformación, la polarización y la pérdida de confianza institucional.
En esta nueva realidad, la confianza se ha convertido en el principal capital diplomático, especialmente en una era donde la información circula a gran velocidad y sin filtros.
Las redes sociales han transformado la diplomacia pública en un ejercicio permanente de construcción narrativa. A través del llamado poder blando, los Estados buscan proyectar su identidad, gestionar crisis, influir en la opinión pública internacional y legitimar sus acciones.
No obstante, este escenario también implica riesgos significativos: la propagación de noticias falsas, la manipulación algorítmica, diariamente se difunde en el mundo, por periodistas a sueldos, igual personas, mandatarios, funcionarios y la tentación de reducir la diplomacia a propaganda digital, alejándose de sus valores esenciales y de su función mediadora.

La multipolaridad redefine el tablero internacional. Conflictos como los de Ucrania y Gaza evidencian las limitaciones del sistema internacional para alcanzar acuerdos de paz duraderos. A ello se suman la tensión política en Venezuela, los enfrentamientos discursivos de Donald Trump contra los gobiernos de Colombia, Cuba y Nicaragua, así como los focos de conflicto persistentes en Medio Oriente, que involucran a Irán, Siria y Palestina.
Paralelamente, las confrontaciones estratégicas con China y Corea del Norte, junto a las tensiones comerciales y tecnológicas, profundizan la fragmentación global. En Europa, las controversias generadas por las declaraciones de Trump sobre Groenlandia, los conflictos arancelarios y las crisis socioeconómicas e institucionales ponen a prueba la cohesión de la OTAN y la Unión Europea.
Estados Unidos, por su parte, se aproxima a un período de alta tensión política interna marcado por el proceso electoral, mientras India consolida su protagonismo dentro del bloque BRICS, reflejando el surgimiento de nuevos polos de poder global.
A estos escenarios se añaden desafíos transversales como las guerras híbridas, los flujos migratorios, las protestas sociales, las crisis humanitarias, el cambio climático y el alto costo de la vida, que amplían el campo de acción de la diplomacia más allá de la mera defensa de intereses nacionales.

Un llamado a una diplomacia ética, cooperativa y humanista
Como diplomático digo que la diplomacia del siglo XXI no puede limitarse a la representación estatal ni a la confrontación mediática. Debe construir puentes en tiempos de división, proteger el planeta y defender los derechos humanos. La digitalización ofrece oportunidades inéditas, pero exige responsabilidad ética, transparencia y un firme compromiso con los valores universales.
“La paz no puede mantenerse por la fuerza; solo puede lograrse mediante la comprensión”, recordaba Albert Einstein. Hoy más que nunca, la diplomacia está llamada a recuperar su esencia: fortalecer el diálogo, promover la cooperación y sembrar esperanza, contribuyendo a la construcción de un orden internacional más justo, inclusivo y humano.
Sobre el autor
Dr. Amín Cruz CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador.