Cuando la política se juega en tu pantalla: espectáculo, algoritmo y poder en el siglo XXI

Por Billy Graham Castillo
CRDmedia

Política, algoritmos y poder: cómo las pantallas moldean el siglo XXI

El reciente Super Bowl volvió a demostrar algo que ya no puede ignorarse: el espectáculo es hoy uno de los principales escenarios de disputa política y de implementación de narrativas. Más allá del resultado del juego, quien ganó o perdió,  o de la calidad del artista o su interpretación, lo que realmente circula después del evento son, lecturas políticas, reacciones y posicionamientos.

El caso de Bad Bunny no fue simplemente una presentación musical. Fue un acontecimiento cultural con impacto político. No por declaraciones explícitas necesariamente, sino por el significado que distintos sectores decidieron atribuirle. En una región como América Latina, donde la identidad, la migración, la cultura y la representación están cargadas de historia, ese tipo de escenarios adquiere un peso aún mayor.

Ahí está el punto central.

La política del siglo XXI no se juega únicamente en el Congreso. Se juega en la interpretación de los hechos. Se juega en la narrativa. Se juega en la pantalla.

Guy Debord lo anticipó al explicar que en la sociedad moderna la experiencia se transforma en representación (Debord, 1967/1995). Lo que importa no es solo lo que ocurre, sino cómo se pone en escena  y cómo se percibe. El espectáculo deja de ser entretenimiento puro para convertirse en espacio de producción de sentido, crítico por demás

Por eso eventos globales se convierten en campo de batalla simbólica. No porque sustituyan a la política formal, sino porque moldean, cambian, dirigen el imaginario colectivo. En América Latina, donde la cultura ha sido históricamente un espacio de resistencia y afirmación identitaria, este fenómeno tiene implicaciones directas.

Este proceso se entiende mejor a la luz de la “modernidad líquida” descrita por Zygmunt Bauman (Bauman, 2000). Vivimos en una época donde las instituciones son menos sólidas, las identidades más móviles y susceptibles a manipulaciones y las lealtades más frágiles. En ese contexto, lo establecido como político tradicional pierde fuerza y el componente simbólico adquiere mayor relevancia.

 

En nuestra región esto se percibe con claridad. La desconfianza hacia los partidos (bien ganada), las crisis recurrentes de representación o de liderazgo y la fragilidad institucional convierten la narrativa en un recurso central. La ciudadanía no responde únicamente a programas de gobierno; responde a símbolos, discursos y referentes culturales que logren conectar con su experiencia.

Manuel Castells explicó que el poder en la era de la información se ejerce en redes (Castells, 2009). El control ya no es solo institucional; es comunicacional. Se demuestra cuando los gobiernos cambian proyectos de ley por la puja del pueblo descontento. Es por eso que el mensaje que logra mayor circulación tiene mayor capacidad de influir en la percepción colectiva. ¿Será esta la razón por la que los presupuestos de comunicación han incrementado de manera exponencial?

Aquí el algoritmo se convierte en actor decisivo. No impone ideologías, pero organiza visibilidad. Y en sociedades donde el debate público se da cada vez más en plataformas digitales, esa visibilidad define la agenda.

La esfera pública que Hannah Arendt concebía como espacio de aparición y acción colectiva (Arendt, 1958/1998) se ha transformado. Ese espacio ya no es exclusivamente físico ni institucional. Es digital, fragmentado y acelerado. La deliberación existe, pero ocurre bajo nuevas condiciones.

Byung-Chul Han advierte que el poder contemporáneo opera también desde la seducción y la autoexposición (Han, 2014). Participamos activamente en la circulación de discursos. Reaccionamos, compartimos, amplificamos. La política se convierte en experiencia subjetiva.

En América Latina, donde la política suele vivirse con alta intensidad emocional, este componente adquiere una fuerza particular. La frontera entre cultura y política se vuelve cada vez más difusa. Es un problema porque no debería exisitr esa frontera, al contrario, unirse y convertirse en Cultura Polítca, algo parecido a la Cultura Cívica que  estudian Almond y Verba.  

Aquí cobra relevancia el concepto de hegemonía desarrollado por Antonio Gramsci (Gramsci, 1929–1935/1971). El poder se consolida cuando una visión del mundo logra instalarse como sentido común. Esa disputa por el sentido común ya no se libra únicamente en el terreno electoral. Se libra en la cultura, en los medios y en los grandes eventos simbólicos.

Lo ocurrido en el Super Bowl ilustra esa dinámica. No fue solo un espectáculo. Fue un espacio donde distintas sensibilidades ideológicas proyectaron sus propias interpretaciones. En países como la República Dominicana, este fenómeno no logra instaurarse porque no hay luchas ideológicas; se manipula a partir de las necesidades y de la desigualdad social.  El conflicto no estaba en la música, sino en lo que esta representaba para distintos sectores.

Chantal Mouffe recuerda que la democracia implica conflicto (Mouffe, 2005). El desacuerdo no es una anomalía; es parte constitutiva de lo político. Lo que cambia en el siglo XXI es el escenario donde ese conflicto se manifiesta. Y en nuestra región, ese escenario incluye cada vez más la cultura de masas y las plataformas digitales, donde todos tienen acceso para decir lo que piensan.

Gilles Lipovetsky describe nuestra época como hipermoderna: marcada por la aceleración y la competencia constante por la atención (Lipovetsky, 1983, 2004). En ese entorno, el impacto visual y la circulación rápida condicionan el alcance del mensaje político.

La política latinoamericana no puede analizarse hoy sin considerar esta dimensión simbólica. Las disputas no se dan únicamente en el ámbito legislativo o electoral. También se dan en la construcción del significado colectivo.

Reducir la política al Congreso, a los Partidos y el Liderazgo Político,  sería desconocer la transformación estructural de nuestro tiempo.

Hoy el poder no solo se ejerce desde la norma. Se ejerce desde la narrativa.

Y en una región donde la identidad y la representación pesan tanto, ignorar ese escenario es quedarse analizando el presente con categorías del pasado.

 

Referencias

Arendt, H. (1998). La condición humana (2ª ed.). Paidós. (Trabajo original publicado en 1958)

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.

Castells, M. (2009). Communication power. Oxford University Press.

Debord, G. (1995). La sociedad del espectáculo. Pre-Textos. (Trabajo original publicado en 1967)

Gramsci, A. (1971). Cuadernos de la cárcel. Ediciones Era. (Trabajo original escrito entre 1929–1935)

Han, B.-C. (2014). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.

Lipovetsky, G. (1983). La era del vacío. Anagrama.

Lipovetsky, G. (2004). Los tiempos hipermodernos. Anagrama.

Mouffe, C. (2005). On the political. Routledge.

 

Redacción
Author: Redacción

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