Por: Alexander Zapata
CRDmedia

Se habla de convertir a la República Dominicana en un “hub energético regional”, de vender electricidad a otros países y de proyectos ambiciosos como el cable submarino con Puerto Rico. Todo eso suena moderno, visionario y atractivo. Pero hay una pregunta básica que no podemos seguir evitando:
¿cómo podemos ofrecer servicios energéticos a nuestros vecinos cuando todavía no somos capaces de garantizar luz estable y confiable para nuestra propia gente?
No es que al país le falte capacidad de generación. Todo lo contrario. En 2025 se alcanzaron récords históricos de producción renovable, llegando a picos de 1,554 MW, más del 25% de la matriz. En muchos momentos incluso se desperdicia energía solar y eólica porque la red no tiene cómo transportarla, almacenarla o estabilizarla.
El problema no es cuánta electricidad producimos, es cómo la movemos, cómo la protegemos y cómo la distribuimos.
Yo estuve en el país en noviembre de 2025 cuando ocurrió el apagón nacional masivo. Una falla en la zona de San Pedro de Macorís y Quisqueya desconectó plantas y líneas de transmisión, dejando a la República Dominicana operando con menos del 15% de su capacidad durante horas. El resultado fue caótico: Metro paralizado, Teleférico detenido, semáforos apagados, hospitales en emergencia, comercios cerrados y millones de personas en incertidumbre. Eso no es un problema de generación, eso es un problema de fragilidad estructural.
Durante 2025 hubo apagones frecuentes en distintos puntos del país, especialmente en circuitos débiles. En enero de 2026, zonas como Verón, Punta Cana y Bávaro sufrieron apagones por fallas locales, aunque CEPM los restableció rápidamente. Y ahí está la gran diferencia: en Punta Cana y Bávaro casi nunca se va la luz, porque operan bajo un sistema independiente, con generación propia, redundancia, mantenimiento riguroso e inversión constante. No es magia, es infraestructura. Es lógica económica por el peso del turismo. Pero también es la prueba de que sí se puede.
Entonces surge la gran contradicción nacional: si podemos tener un sistema eléctrico confiable en zonas turísticas premium, ¿por qué no podemos aspirar a lo mismo para todo el país?
El Proyecto Hostos, el cable submarino entre República Dominicana y Puerto Rico, se estima en unos US$1,200 millones para mover hasta 700 MW de manera bidireccional. Es una inversión enorme, mayormente privada, que incluye nueva generación en gas natural, renovables e incluso hidrógeno verde.
Ahora hagamos un ejercicio simple: Puerto Rico, con apenas 3 millones de habitantes, factura miles de millones de dólares al año en electricidad. Si una parte de esa lógica de inversión se aplicara con disciplina a la red dominicana, el impacto sería transformador.
Hoy la República Dominicana pierde más del 30% de la energía que produce entre pérdidas técnicas, mala infraestructura y robo. Eso es como llenar un tanque de agua con una manguera rota. No importa cuánta agua pongas, siempre faltará.
Antes de pensar en exportar energía, debemos:
• Modernizar la red de transmisión nacional.
• Fortalecer la distribución.
• Reducir pérdidas técnicas.
• Combatir el robo de energía con tecnología y gobernanza real.
• Integrar almacenamiento para no desperdiciar renovables.
• Garantizar mantenimiento continuo.
Cuando el dominicano tenga electricidad estable 24/7, a precio justo, sin depender de plantas privadas, inversores o zonas “privilegiadas”, el sistema cambiará por completo. La gente no se opondrá a pagar una factura razonable si recibe un servicio confiable. Eso genera cultura de pago, inversión y sostenibilidad.
No se trata de regalar energía. Se trata de invertir primero en lo básico para que el sistema funcione como debe.
Así como Bávaro no se queda a oscuras porque alguien decidió invertir en infraestructura seria, todo el país merece la misma prioridad. Primero la casa, después el vecino. Solo entonces podremos hablar con legitimidad de convertirnos en exportadores de energía.