
Por: Jesús Batista Suriel
La Navidad es un tiempo de reflexión, amor y gratitud. En mi visita a la iglesia Cielos Abiertos, en New Jersey, que dirige la pastora Wanda Ortiz, escuché a la predicadora Lucy Toribio hablar sobre romper el alabastro. Su mensaje resonó profundamente en mí y me hizo reflexionar sobre cómo, a menudo, guardamos nuestro amor por Jesús sin atrevernos a expresarlo plenamente. Romper el alabastro simboliza dejar fluir nuestra adoración y devoción, honrando a quien realmente merece nuestro reconocimiento.
El mensaje trataba sobre la historia de María de Betania, hermana de Lázaro y Marta, cuando ungió los pies de Jesús con un perfume de nardo puro. Este gesto, aunque simple, tiene un gran significado. Ella no escatimó recursos para mostrar su amor y agradecimiento. Al igual que ella, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a romper nuestro propio alabastro. La Navidad nos recuerda que Jesús nació para nosotros, y es un momento propicio para manifestar nuestro agradecimiento de manera tangible y auténtica.
Lucy Toribio enfatizó que, muchas veces, solo nos acordamos de Dios en momentos de necesidad. Nos acercamos, llenos de súplicas, como niños que piden a sus padres. Sin embargo, el verdadero amor se expresa de manera desinteresada. Al igual que nuestros hijos se acercan con cariño y gratitud, debemos acercarnos a Dios con alabanzas y agradecimientos. Este amor sincero fortalece nuestra relación con Él y nos invita a vivir una fe más auténtica.
El nacimiento de Jesús es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con la fe. En este fin de año, es vital reflexionar sobre nuestras prioridades. ¿Estamos dispuestos a hacer de la alabanza a Dios nuestra principal meta? Al hacerlo, honramos su sacrificio y llenamos nuestras vidas de amor, compasión y bondad. En un mundo carente de estas cualidades, el llamado a la acción es más urgente que nunca.
Al romper el alabastro, no solo derramamos un perfume costoso, sino que también entregamos nuestras preocupaciones y anhelos a sus pies. Este acto de entrega es liberador y transforma nuestras vidas, permitiéndonos vivir con un propósito renovado. La historia de María de Betania nos enseña que el valor de nuestras ofrendas no se mide por lo material, sino por la intención detrás de ellas.
Cuando María rompió el frasco de alabastro, enfrentó críticas que consideraban su acción un desperdicio. Sin embargo, Jesús defendió su gesto, reconociendo la pureza de su intención. Esto nos invita a reflexionar sobre cuántas veces hemos dejado que las opiniones de otros nos detengan al expresar nuestro amor por Dios. La verdadera devoción no se preocupa por lo que piensen los demás; se enfoca en honrar a quien realmente lo merece.
La invitación de esta Navidad es permitir que el Espíritu Santo penetre en nosotros, manifestando su amor en nuestras acciones diarias. Al hacerlo, transformamos nuestras vidas e impactamos a quienes nos rodean. Seamos testigos de su amor, extendiéndolo a nuestra familia, amigos y comunidad. Este es el legado que deseamos dejar, un reflejo de la verdadera luz de Cristo.
A medida que nos acercamos al nuevo año, recordemos que la verdadera alegría proviene de un corazón agradecido y alabador. Dediquemos tiempo a Dios, no solo en momentos de necesidad, sino en cada instante. Rompamos el alabastro de nuestras vidas, para que su fragancia inunde nuestro ser y los corazones de quienes nos rodean. “Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21).
¡Feliz Navidad!