ANALISIS: EL 24 DE ABRIL Y SUS ORIGENES

Conferencia dictada por el Dr. Marino Vinicio Castillo R. en el Auditorio del Banco Central de la República Dominicana el 24 de Mayo del 2002, en el Seminario sobre “La Revolución del 24 de Abril de 1965”.

Por Marino Vinicio Castillo R.
CRDMedia

24 de abril y sus origenes.

El título me traza la modesta extensión de mi participación en este evento de evaluación de los sucesos históricos del 24 de Abril del año 1965.

Hablar de sus orígenes me conduce primordialmente a recordar las distintas oportunidades en que tuve algún género de actividad en las fases previas a la extraordinaria ocurrencia.

Me habré de refugiar, pues, en mis vivencias, buscando ser lo más exacto y veraz que me lo permita mi memoria y, desde luego, sin procurar mayor grado de mérito o reconocimiento en algo que, ya, luce demasiado sobrecargado de demanda del prestigio que parece dar el haber sido parte de aquello. Me domina la idea de ofrecer solo mi testimonio sobre hechos de enorme importancia nacional.

Lo haré de manera simple. Comenzando por recordar que la mañanita del 25 de Septiembre del año 1963 fue ingrata y traumática. Se habían producido unos hechos a la medianoche que nos empujaban a admitir que lo acordado en la voluntad popular, libremente expresada tan solo siete meses antes, no se sostendría ni continuaría y que, en su lugar, vendría un régimen de facto que alegaba representar unos supuestos “valores inmanentes del pueblo que habían sido abandonados por los representantes legítimos del poder, inducidos por una disolvente ideología que antagonizaba, a escala mundial, con los ideales de la democracia.”

La fecha indica de forma precisa que aquella aventura sobrevenía en un contexto de guerra fría y esto hacía suponer, de inmediato, que el poder norteamericano tendría sus manos puestas en los acontecimientos.

Esa fue la tónica previa, simultánea y permanente acerca de los móviles que determinaron aquellos hechos.

Es más, la preparación de aquel desenlace antiinstitucional fue copiosa y torpe, al grado de que se hizo un uso promiscuo y pecaminoso de lo que se dió en llamar “la reafirmación cristiana” para amparar algo que, a la postre, devendría en nuevas tragedias, de muchas maneras.

Estremecido por lo que acontecía mi reacción natural fue acercarme a amigos valiosos para confrontar nuestras apreciaciones de lo ocurrido y ponderar lo que podría significar para el país la impactante experiencia que se le había impuesto por la fuerza.

Así, al mediodía del propio 25 de Septiembre, pude comprender que la situación era de extrema gravedad, entre otras cosas, porque había logrado sublevar los ánimos de hombres en quienes no supuse que tendrían una reacción tan airada y decidida de rechazo.

Pedro Santiago Rodríguez Echavarría (Chaguito) fue para mí la primera y mayor comprobación de que algo muy grave se desataría como respuesta al quebrantamiento del orden constitucional.

Era gentil y sereno, laborioso y ecuánime. No sospeché, pese a saber de su valor personal, que sería capaz de reaccionar con tanta altivez y que sus preocupaciones lo llevarían a una determinación de obrar de la forma en que lo hizo.

Lo venía tratando desde los sucesos del 19 de Noviembre del ‘61, cuando se rebelara la Base Aérea de Santiago bajo el mando de su hermano Rafael, siendo Pedro Santiago Sub-Jefe de Estado Mayor, junto a decenas de oficiales pilotos, procurando la salida total de la familia Trujillo que aún permanecía en el territorio nacional.

Durante la crisis política contínua que se desatara después de aquel Noviembre, siempre aprecié en Pedro Santiago actitudes que revelaban una calidad humana de excepción y luego de los desenlaces de la final atribución del poder a los grupos económicos y sociales de mayor incidencia, no le noté resentimientos ni estériles resabios de retaliación.

El triunfo del Presidente Bosch lo llenó de júbilo y pienso que así consideró zanjadas las ásperas vejaciones a que fueran sometidos su hermano y él mismo por aquel turbulento proceso político de principio del año ’62.

De algún modo se podría entender que su reacción en el ’63 podía ser una manera de resistirse a la vuelta al poder de aquellos grupos que, al no poder retenerlo en las elecciones del ’62, lo arrebataban por la fuerza a quien sí había obtenido la abrumadora aprobación del pueblo.

Como me he propuesto relatar mis vivencias, querría señalar que aquella mañana del 25 de Septiembre hasta nosotros llegó la información fidedigna de que en el cuartel, pese a la presencia masiva de sus altos mandos en el derrocamiento, no había conformidad generalizada. Se nos aseguró que había áreas bien extensas de sus filas que no entendían el porqué de aquello y que previsiblemente se moverían hacia la resistencia organizada a la nueva situación.

Horas más tarde, supimos que especialmente las áreas de la Escuela de Cadetes y en niveles muy sensitivos de oficiales de la Academia Batalla de las Carreras, había ya grupos bien articulados y organizados en disposición de actuar para la restauración del orden democrático.

Algo digno de mención, con propósitos comprobatorios, es el hecho de que el Coronel Rafael Fernández Domínguez le había dirigido una breve comunicación por vía de una tía de su esposa al Presidente Bosch, en procura de su anuencia para un alzamiento que revocaría lo sucedido. Supimos, además, que el Presidente Bosch se rehusó, ya detenido, porque tenía el absoluto convencimiento de que aquello conduciría a una cruenta guerra civil y ésta inevitablemente nos privaría de la soberanía.

Para mí, saber aquellas cosas me producía sentimientos bien disímiles, pues, en el principio no tenía bien claro esa posibilidad ominosa de una eventual intervención extranjera en caso de dividirse las Fuerzas Armadas. La idea central era de que la revolución cubana, con apenas seis años de edad, constituía una preocupación delicada para los intereses norteamericanos y esto no era manejado plenamente por la generalidad de la población.

Por ello, me adentré totalmente en lo que Pedro Santiago Rodríguez Echavarría propuso en el seno de un grupo de amigos y hermanos que convinimos en que era necesario “hacer algo”, como solemos definir los dominicanos nuestras posibilidades de actuar.

Me mantuve atento, no obstante, al comportamiento del poder del Norte y confieso que la actitud del Presidente Kennedy me resultó siempre extraña e interesante. No reconoció el Triunvirato y sólo después de su muerte, en el mes de Noviembre de aquel año, el Presidente Johnson, como su primer acto de gobierno, vino a hacerlo con lo que quedaba marcada una huella diferencial entre aquellos dos importantes hombres de poder del mundo.

En fín, Pedro Santiago Rodríguez Echavarría, gracias a sus relaciones variadas y especiales en la Fuerza Aérea, le dio cuerpo a un movimiento de contragolpe para la restitución del régimen democrático.

Los días que transcurrieron entre el 26 de Septiembre y el 30 de Octubre del año ’63 fueron de intensas actividades conspirativas de parte nuestra. Había una fluida confusión en todo el entramado de lealtades del estamento militar, lo cual era muy peligroso, pues nadie sabía quién era verdaderamente sincero o estaba convencido de que lo procedente era actuar contra lo sucedido.

Como nuestro grupo procedía políticamente de las áreas del 19 de Noviembre del ‘61, se suponía que los cuadros militares que podrían motorizar las acciones tenían dependencia política de un líder en exilio que, como Balaguer, según se viera luego, gozaba de gran ascendiente entre ellos.

En cierto modo eso era así, pero, no expresaba la realidad total, pues particularmente Pedro Santiago Rodríguez Echavarría mantenía una lejanía espiritual y psicológica de todo balaguerismo, hija de las ásperas disensiones de la crisis post 19 de Noviembre.

Aún así, la percepción generalizada era diferente. Y eso era conveniente en todo caso, pues como se había tomado la decisión de actuar desde la base aérea de Santiago, nuevamente, el comandante de allí, el oficial piloto Danilo Simó Cano (mi compañero de infancia) exigió como una especie de prueba, de pre-requisito, que le mostraran algo que significara algún grado de aprobación de Balaguer a la reposición del orden democrático.

En efecto, en el estudio de la casa del extinto amigo Segundo Manuel Bermúdez Ramos (Soto) de Santiago, se oyó una cinta magnetofónica solicitada por mí donde claramente relataba Joaquín Balaguer su abominación al golpe de estado del ’63 y hablaba del papel estelar que siempre le ha tocado desempeñar a las Fuerzas Armadas frente a quebrantamientos del orden democrático como el consumado.

Hay una disgresión que no he querido aplazar. Sabíamos que el grupo de Rafael Fernández Domínguez mantenía una actividad de nivel mucho más adecuado, pues era la obra de oficiales activos, predominantemente jóvenes, y sus características eran propiamente de dominio público. Allí figuraba un distinguido oficial que siendo primer teniente, fue un ferviente escolta del General Pedro Rafael Rodríguez E. Pese a ello permanecimos distantes en ese tiempo originario del ’65. Me refiero al brillante Coronel Héctor Lachapelle Díaz.

Era poco menos que imposible hacer en aquellos momentos contactos adecuados para aunar los esfuerzos de ambos grupos. En la base de esa situación venían gravitando dos hechos, a saber: el 19 de Noviembre, el lanzamiento de cohetes y metrallas en las áreas de blindados de San Isidro, no agradó a Rafael Fernández Domínguez y otros muchos oficiales que permanecían allí, y, luego, en la crisis política, el hecho de hacer prisionero a Rafael Rodríguez Echavarría en San Isidro, siendo Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, junto con su hermano Pedro Santiago, rompió toda posible relación con el valeroso oficial que era Rafael Fernández Domínguez, que encabezara la reposición del Consejo de Estado que determinara la expulsión del territorio nacional, tanto del general Rafael Rodríguez Echavarría, como de Joaquín Balaguer.

A los dominicanos siempre nos ha ocurrido que hombres fundamentales, en una determinada encrucijada, no puedan acoplar sus acciones conjuntas por existir resabios y alejamientos personales.

Creo que nuestro legendario Cid negro, Juan Suero, que peleara con denuedo y gran valor en la Restauración, así lo hizo, luego de preguntar a raíz del grito de Capotillo, de qué lado estaba Polanco o no recuerdo cuál otro de los próceres de aquella gesta. Suero se lució, pero del lado equivocado, el de España, en el seno de una guerra de liberación nacional.

Pero, bien, llegó el 30 de Octubre y el movimiento de contragolpe fracasó en la Base Aérea de Santiago. Los oficiales de infantería de aquella guarnición, en realidad, no fueron contactados en forma eficiente y los pilotos, que sí tenían convicción de actuar, quedaron detenidos y encarcelados.

Los oficiales retirados y los civiles que iríamos a la Base, luego del inicio procedimos a ocultarnos.

Pedro Santiago Rodríguez y yo pudimos evadirnos y pasamos separados, al principio, a una prolongada clandestinidad que, a partir del mes de Febrero del ’64, compartimos en distintos campos del Distrito Nacional. Esto duró hasta el mes de Marzo del año 1965.

Ahora bien, todo ese tiempo de ocultez sirvió para proseguir en la conspiración. Seguíamos de forma muy intensa el curso del quehacer político por radio y prensa y nos dedicamos a conspirar preferiblemente en horas de la noche.

De todas esas actividades las más significativas y serias fueron los contactos que sostuvimos con un hombre clave, de importancia extrema, el Coronel Miguel Angel Hernando Ramírez. Miguel era un prestigioso oficial de infantería del ejército y resultaba el depositario único de la confianza del Coronel Rafael Fernández Domínguez que era el verdadero y mayor exponente de la resistencia militar al triunvirato. A éste lo habían enviado a Chile y luego se instaló en Puerto Rico, muy cerca y junto a la máxima dirección política que encarnaba el Presidente Juan Bosch.

Sólo fueron tres o cuatro reuniones, una de ellas en Diciembre del año ’64, en las inmediaciones de Villa Mella, entre Pedro Santiago Rodríguez Echavarría, Miguel Hernando Ramírez y yo, que sirvió para definir una cuestión que habíamos planteado siempre, relativa a determinar bajo qué consigna se actuaría a la hora del levantamiento.

Miguel era un firme partidario de restablecer la constitución pura y simplemente. Nosotros, en cambio, a pesar de encontrarnos en clandestinidad, perseguidos por haber intentado aquello, éramos de opinión de que lo ideal era proponer una Junta Militar compuesta por oficiales jóvenes que no tuviesen conflictos políticos ni vínculos con los sucesos del 25 de Septiembre del ’63.

Miguel, en aquella última reunión, nos demostró que, aún cuando en las anteriores reuniones quería convencerse de la validez de nuestros argumentos, la relación con Rafael Fernández Domínguez era dominante y éste era partidario inequívoco de la vuelta a la constitucionalidad como única consigna.

He de insistir en mis vivencias y apunto que para el mes de Marzo mi inolvidable amigo Francisco Augusto Lora había visitado la casa de mi madre con el objeto de plantearle que me hicieran saber que él acababa de llegar de New York y que había acordado con el Dr. Joaquín Balaguer asignarme funciones en el partido reformista como una manera de buscar, con Donald Reid Cabral, presidente del Triunvirato, seguridades de que si abandonaba la clandestinidad no se me imputaría ningún cargo por los hechos del 30 de Octubre del ’63.

Fui informado y aprobé complacido la gestión como consecuencia de lo cual me trasladé a mi casa materna donde me visitara otro magnífico amigo, que lo era el General Marco Rivera Cuesta, Jefe de Estado Mayor del Ejército, quien me fue a dar seguridades expresas del gobierno de que nos e me perseguiría por lo de Octubre.

Hablamos extensamente. Marco era un oficial afable y comprensivo con quien me unían fuertes lazos de amistad desde el año de 1961, siendo Comandante en mi pueblo durante los meses difíciles y turbulentos que sucedieran a la muerte de Trujillo. Yo fui Diputado de Marzo a Julio de aquel año y eso me permitió conocer la tolerancia y el buen juicio del General Rivera Cuesta, quien entonces era Coronel.

Pues bien, en ese interregno de Marzo a Abril del ’65, tuve muy presente una reunión que para mí resultó la más importante y definitoria de cuantas participé durante la clandestinidad compartida.

Sería el final de Enero del año ’65 cuando Antonio Martínez Francisco me hizo llegar un mensaje a fin de que estuviera preparado porque alguien me procuraría para participar en una reunión en su residencia de la Playa de Juan Dolio. Antonio Martínez Francisco era un hombre singularmente importante.

A la reunión asistieron 11 oficiales de las diversas ramas de las Fuerzas Armadas, don Máximo Lovatón Pittaluga, Edmundo Espinal, José Francisco Peña Gómez, Antonio Martínez Francisco y yo, que fui invitado a la misma.

El Coronel Armando Sosa Leyba, que hacía las veces de vocero del grupo militar, luego de escuchar la posición anunciada por el Dr. José Francisco Peña Gómez (aún no se había doctorado) en cuanto a que conforme a lo indicado desde Puerto Rico por el Presidente Bosch, el PRD no aprobaría ninguna fórmula de alzamiento militar que no fuera para una vuelta pura y simple a la constitucionalidad, expresó que los oficiales allí presentes querían oir el parecer de alguien a quien definió como un amigo reconocido de las Fuerzas Armadas, refiriéndose a mí.

El Coronel Sosa Leyba era abogado y poeta, un inteligentísimo oficial, que muriera por causas naturales en forma sensiblemente prematura, y con quien me unían lazos de sincera amistad, quiso y obtuvo mi presencia al través de Antonio Martínez Francisco y cuando oyó mis explicaciones en aquella reunión optó por no expresar opinión a nombre del grupo de oficiales, con lo que propiamente resultaba la mía como si fuera la de ellos.

¿En qué consistía lo planteado por mí? En lo siguiente: a) que si examinábamos los hechos no podíamos poner de lado que los mandos que habían participado en el derrocamiento se habían logrado afianzar gracias a una concentración abrumadora del mejor y más abundante armamento y que los agregados militares norteamericanos mantenían relaciones muy fluidas con ellos; b) que tales circunstancias, en caso de un alzamiento, llevarían a los oficiales que se sublevaran a abrir los arsenales, más modestos y antiguos, poniendo el armamento en manos de fuerzas populares; c) que esto implicaría una división grave de las estructuras militares y que era previsible una victoria sobre la base de la participación de partes del pueblo en armas porque las fuerzas de apoyo del Triunvirato se derrumbarían ante el espectro popular, dado que su preparación y fortaleza de fuego estaban proyectados a otros fines, diferentes a una contienda de guerra civil; d) que todo eso entrañaría una intervención militar norteamericana, pues el régimen democrático, una vez repuesto en esas circunstancias, le podría resultar, si no hostil, poco accesible y esto en el Caribe resultaba peligroso a sus intereses, dada la vecindad y los nexos históricos con Cuba; e) que nosotros entendíamos preferible una Junta Militar constituida por oficiales jóvenes, pues, una Junta no era buena ni mala en sí, ya que todo dependería del apoyo político que recibiera y en este caso el PRD podría brindarlo por el espacio de tiempo de diez a catorce meses de transición.

El Dr. Peña Gómez se dio cuenta rápidamente de que los oficiales presentes se inclinaron a favor de esa opinión y de inmediato propuso que, en todo caso, se podría llegar a una solución intermedia, como lo sería un establecimiento de la Junta Militar con oficiales jóvenes, al tiempo que se restituyera la constitución.

Yo le repliqué que parecía impropia la propuesta pues, si la constitución no preveía ese tipo de gobierno resultaría un contrasentido restaurarla y violarla a la vez.

Le quise animar, diciéndole que si el apoyo político se producía, se podrían hacer cosas muy favorables en la propia transición, pues el pesado mecanismo del Congreso no podía hacer reformas con la agilidad de una Junta, pero, comprendí que el importante dirigente del PRD lo que buscaba ya era ganar tiempo, no distanciarse de ese grupo militar, porque contaba con los otros contactos que conducían a Rafael Fernández Domínguez y al corazón político de la situación que estaba en Puerto Rico.

Sin embargo, es oportuno insertar aquí, en este momento, algo que no quise plantear aquella noche en Juan Dolio, porque pensé que hubiese sido una forma de regañar al Dr. Peña Gómez y crear una atmósfera indeseable entre hombres que perseguíamos un mismo propósito.

Ocurría que algunos días antes nos visitó en el campito de Boca Chica donde Pedro Santiago Rodríguez y yo nos ocultábamos, un importante dirigente histórico del PRD, don Américo Lora Camacho. Traía unos recados del Presidente Bosch desde Puerto Rico para Pedro Santiago Rodríguez Echavarría y quiso darlos aparte, pero, ante la negativa de éste, permanecí junto a ellos. Fue entonces cuando Don Américo, después de hablar generalidades le entregó una tarjeta que le mandaba don Juan a Chaguito y se despidió. En aquella tarjetita el Presidente Bosch le decía más o menos lo siguiente: “Si todos son como Rafelito, Miguel y tú, lo apoyo de todo corazón.”

Por ello me resultaba extraño y chocante la instrucción tan severa que nos había comunicado el Dr. Peña Gómez.

Es más, recuerdo que la primera vez que hablé para el público de esta situación lo hice por el canal 7 de Rahintel en las elecciones del año de 1978 y en forma totalmente inusual se recibió una llamada del Prof. Juan Bosch para confirmar plenamente lo que yo estaba manifestando al respecto.

Pero bien, en aquella reunión se ofreció otro aspecto que creo digno de comentar: el amigo Edmundo Espinal, cuando expuse lo de la Junta Militar en las elecciones a corto plazo, intervino para decirme que ellos sabían de mi amistad con el Dr. Balaguer y que talvez mi posición obedecía a mi legítimo interés de verle regresar y participar en esas elecciones.

Yo le repuse con respeto y deferencia que recordara el hecho de que yo estaba en clandestinidad desde el 30 de Octubre del ’63, porque había participado en la preparación del contragolpe militar que fracasara, pero, que el mismo estaba destinado a restituir pura y simplemente la constitución, algo que repondría al presidente Bosch, a quien no conocía. Desde luego, le advertí que habían cambiado las circunstancias después de más de año y medio, muerto el presidente Kennedy, quien murió sin reconocer el gobierno de facto y estando en la presidencia Lindon Johnson, cuyos designios se vieron claros puesto que, desde que entró al gobierno, su primera iniciativa fue reconocer al Triunvirato, según apunté precedentemente.

Le respondí de ese modo porque ya no tenía la más mínima duda de cuál podría ser la reacción norteamericana, ante la reposición del gobierno democrático.

No es ocioso tocar aquí un componente aún más profundo de mis convicciones en ese sentido. Antonio Martínez Francisco fue la persona que me dio refugio a raíz de lo sucedido en Octubre del ’63. Pasé mas de un mes en la segunda planta de su residencia. Sólo su madre, mi inolvidable doña Ana Luisa, y su bondadosa esposa doña Blanca podían subir allí.

Una noche, días ante de la muerte del presidente Kennedy, Antonio que conversaba conmigo largamente todos los días, me contó algo que siempre he considerado valioso y de profundo interés, porque ayuda a comprender algunos aspectos de los orígenes y designios remotos del Golpe del ’63. Me refirió que a raíz de aquel derrocamiento se le apareció un viejo amigo, un Coronel Reed, quien era un hombre de extrema confianza del Presidente Kennedy y le manifestó que tenía el encargo expreso de éste de explorar la posibilidad de reponer al Presidente Bosch y su gobierno democrático.

Me contó de las peripecias para poder lograr las entrevistas del el Coronel Reed, primero con el presidente del Senado, Dr. Casanova Garrido, y después con el presidente de la Cámara de Diputados, Dr. Rafael Molina Ureña. Ambos estaban ocultos en la capital.

Lo logró en forma sucesiva y al final, el Coronel le manifestó que regresaban sin poder cumplir su misión, pues ambos hombres le manifestaron por separado que no creían en la posibilidad de traer de nuevo a Bosch por resolución de la asamblea y que, además, entendían que la confrontación con las Fuerzas Armadas era irreductible y podían sobrevenir peligrosas disputas.

Según me comentó Antonio Martínez Francisco, su amigo el Coronel Reed le manifestó decepción, pues los titulares del poder legislativo lo que habían creído pertinente era la posibilidad de restituir el gobierno constitucional, pero, llevando a la presidencia a la persona que tenía calidad jurídica para suceder al presidente derrocado.

Viniendo las revelaciones de una persona con la autoridad moral de Antonio Martínez Francisco, quien fuera el presidente del PRD para aquellos tiempos hasta el propio mes de Abril del ’65, no me quedaba duda de que mi apreciación de la posición de John F. Kennedy no había estado descaminada para Octubre del ’63. Esto lo he seguido creyendo, aún después de las explicaciones que el propio Profesor Bosch hiciera de las causas de aquel golpe del 25 de Septiembre.

Antonio Martínez Francisco me había contado cómo él había contratado un pequeño buque mercante de una naviera nacional para los hombres del Coronel Cantaive, de Haití, quien se entrenaba aquí para el derrocamiento de la odiosa tiranía duvalierista, algo que sucedía en el umbral mismo del derrocamiento de aquí. En la crisis surgida se llegó a oir al presidente dominicano hablar por la televisión en términos tan fuertes como que a nadie le podría extrañar que “cualquier noche de estas el presidente dominicano estuviera cenando en Puerto Príncipe”, haciendo alusión con ello de un rápido derrocamiento de Duvalier y la participación de fuerzas nacionales, de ser necesario.

Prometí un testimonio y lo estoy dando de la manera más leal y consciente, a sabiendas de que tal interpretación está en contraposición con el convencimiento del Partido de la Liberación Dominicana, con el cual tengo relaciones muy entrañables de alianza desde hace 9 años, las que respeto y aprecio en demasía, entre otras cosas, porque las propiciara primordialmente el Profesor Juan Bosch, a quien profesé afecto y admiración sin tasa, y cuya memoria es patrimonio importante de la nación.

En fín, pasaron los días e intenté aclimatarme a la vida libre. Sobretodo, en el seno de la familia, donde tenía que hacer cierto esfuerzo de recuperación, pues el hijo que me naciera el 3 de Noviembre del 63 le vine a conocer en esos tiempos previos al 24 de Abril, objeto de esta rememoración evaluatoria.

Lo que en mi modo de apreciar las cosas resultaba más peligroso era la indefinición de la salida política que pudiera proporcionar el régimen de facto. La conspiración se sentía vibrar de muchas maneras, pero, lo que más la arreciaba era el tranque político. Se hablaba de que el gobierno daría elecciones, pero en circuito cerrado. Es decir, sin que accedieran a ellas los líderes del exilio Juan Bosch y Joaquín Balaguer. Se murmuraba la formación de un nuevo partido político, para servir a los propósitos del gobierno, algo de lo cual no tuve pruebas nunca, pero, que servía para alimentar las animosas irritaciones de la rebelión constitucionalista.

Otra cuestión que había marcado hondamente aquel tiempo para la tragedia se produjo en ocasión del levantamiento guerrillero en las montañas de la Cordillera Central y otras regiones del país, en lo que se denomina históricamente como Manaclas.

Habían caído veintidós exponentes de extrema significación de las fuerzas de izquierda revolucionaria de nuestro país y especial y señaladamente Manuel Aurelio Tavárez Justo, quien fuera la nobilísima cabeza de la resistencia antitrujillista del Movimiento 14 de Junio que fundara, esposo de Minerva Mirabal, la encarnación más viva y alta del decoro nacional que, junto a sus hermanas Patria y María Teresa, fueron asesinadas en las postrimerías del régimen de Trujillo.

El hecho de que Manolo y sus compañeros no murieran en combate, sino después de haber sido hecho prisioneros, suscitó un dolor inmenso y una inconformidad insomne que hacía trascender su muerte a algo equivalente a un acto de barbarie que iba más allá de los designios propios de las fuerzas militares que actuaban.

Se entendió que aquel exceso criminal era parte de un programa de supresión estratégica de los valores de mayor connotación y prestigio en la lucha por la libertad de los dominicanos, que ya habían emprendido rumbos revolucionarios muy parecidos a los que en Cuba habían hecho una toma de poder espectacular, suprimiendo décadas de corrupción y de desorden institucionales de grandes proporciones.

Pues bien, voy a reajustar mi perspectiva a los umbrales mismos del estallido y citaré un episodio que les dará una idea de la especialísima situación que se vivía:

Días antes del 24 de Abril, un joven empresario de entonces con vínculos afectivos y familiares con el presidente del triunvirato se encontró en las inmediaciones del hospital Gautier con el Coronel Francisco Alberto Caamaño Denó, de quien había sido compañero de infancia en Gazcue.

Al conversar con aquél, oyó decirle que “la situación estaba muy mala y peligrosa en la Fuerzas Armadas”, que había la posibilidad de un alzamiento y que ésto lo sabía él perfectamente porque desde la Policía Nacional él había ido a parar, junto con el entonces Coronel Morillo López, al Centro de Enseñanza como una medida protectiva de Donald en ocasión de su disputa con el jefe de policía General Belisario Peguero Guerrero.

Al preguntarle su amigo si el se atrevía a decírselo a Donald, asintió y le acompañó hasta el despacho presidencial donde repitió su advertencia de que, “si no se buscaba una salida política al tranque vendría un golpe de estado militar y quien sabía qué otras cosas.”

La respuesta de Donald fue: “Ah Francis, siempre con sus vainas”. “Vete tranquilo, tú eres demasiado tormentoso.” Donald le había visto crecer también en Gazcue.

¿Quién podía suponer que aquel impetuoso coronel de policía resultaría el hombre más notable y decisivo en la hora terrible de la guerra nacional?

Ese episodio que narro dá una muestra del estado de ánimo que existía entre los dominicanos. Había una generalizada confusión, perplejidad y desagrado, que lo único que hubiese podido sosegarles hubiese sido la puesta en práctica de una salida política al conflicto. Desde luego, la sensación que tenía la gente era que el poder extranjero apoyaba aquello y por eso la solución por vías políticas lucía tortuosamente trabada y difícil. Esto aumentaba la impotencia que siempre precede a los grandes estallidos.

Cuando reventó el descontento militar todos sabemos, más o menos, cómo fueron esos momentos de movilización popular en apoyo del gesto cuartelario.

Yo estaba al momento, junto a mi esposa y mis pequeños hijos en Cenoví, en casa de unos amigos, esperando una comida cuando alguien pasó por el camino real y dijo “Tumbaron al Triunvirato”. Pusimos la radio y comprobamos que, en efecto, se había encendido la llama de la conflagración.

Pernocté durante el toque de queda en la casa de mi familia de allí, en ese hermoso campo del país y logré despachar la familia para Macorís, de mañanita, alegando que mi situación me obligaba a tomar cuidado con los nuevos momentos en curso.

El día 25 regresé con un entrañable amigo, abogado, a la capital, pero me quedé en el campamento del km 6 y medio de la carretera duarte, precisamente donde habían hecho prisionero a mi amigo el General Marco Rivera Cuesta y su Estado Mayor, por obra de los sublevados al mando del Capitán Peña Taveras.

Buscaba y encontré a Pedro Rodríguez Echavarría junto al capitán retirado Julián Sued Zacarías, mis dos compañeros esenciales en el frustrado intento de Octubre, y me dijeron que se habían terminado las negociaciones que por vía telefónica se intentaron con la Base de San Isidro; que el general De los Santos Céspedes, Jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea estaba preguntando por mí, pero que ya no había posibilidad de llamarle porque los aviones estaban a punto de llegar a bombardear o a ametrallar y lanzar cohetes, que fue lo que hicieron media hora después, simultáneamente con el ataque al Palacio Nacional.

Hay algo que quiero destacar buscando identificar los ánimos de aquel crucial momento: Cuando hicieron su aparición los P-51 el Gral. Pedro Santiago Rodríguez Echavarría que había logrado desplegar los soldados y la considerable presencia civil allí en toda el área del campamento, permaneció junto al Coronel Sued Zacarías y al capitán Rodríguez Landestoy en una de las edificaciones de madera de las muchas que alojaban las oficinas del mando militar, con sus fusiles en las manos, pero, voceando incesantemente “no tiren, no tiren”. Me refugié junto a otros en un hoyo poco profundo cuando los pases del ametrallamiento.

Permanecimos toda la noche recostados en la grama y era obvio que las negociaciones que todavía se pudieran creer posibles se fueron desvaneciendo.

En la madrugada llegó el coronel Hernando Ramírez y conversó con nosotros dándonos noticias de cómo habían ido las cosas en otros lugares.

Es bueno señalar que al amanecer, el lunes 26, se hicieron notorias las caravanas de vehículos atiborrados de jóvenes que venían del interior a incorporarse a la lucha, que ya no dejaba dudas de su dramática existencia.

Nosotros enviamos a dos oficiales pilotos retirados, el capitán Tomas Rodríguez Conde y otros de apellido Santana Milán a Santiago, a fin de explorar la posibilidad de levantar aquella parte de la Fuerza Aérea en apoyo de la insurrección constitucionalista.

Al mediodía fue la única vez que ví, bañado en sudor y poseído de un ánimo recio y decidido, al Coronel Francisco Alberto Caamaño; dirigía y daba ya órdenes para la disposición de piezas de artillería y de hombres que defenderían múltiples posiciones en la ciudad. Hacía mención del Parque Independencia, de los Hombres Ranas y de tanques en aquellas inmediaciones. Desde luego, él y Chaguito convinieron en que, si Santiago se sumaba con aviones (nosotros llevaríamos ocho pilotos de refuerzo), nada detendría la victoria. Le confirió propiamente el mando de esa iniciativa a Pedro Santiago a fin de dirigir el otro frente de Santiago que estaba por abrirse.

En realidad, todas las fortalezas del Ejército del Cibao iban respondiendo admirablemente y recuerdo que esa madrugada del día lunes llegó un camión de la 6º Compañía de San Francisco de Macorís con una veintena de soldados como una contribución al movimiento constitucionalista. Nadie podía imaginar que apenas dos días después cambiaría su curso de apoyo y luego pasaría a ser una guarnición bajo mandos represivos de incalculable crueldad.

Así las cosas, en horas de la noche del lunes salimos para Santiago porque los contactos vinieron con informaciones muy positivas. Llevamos un Tanque AMX en patana y era una fuerza de no más de sesenta hombres que contaban con el apoyo de la importante Base Aérea que se suponía como el componente decisivo para acelerar resultados victoriosos.

Detuvimos la marcha a cuatro kilómetros y medio de la entrada de Santiago y enviamos exploradores que regresaron con un mensaje relativo a la conveniencia de que no se entrara con el Tanque y el numeroso grupo armado a Santiago, sino que se apersonaran a la Base los oficiales, especialmente los pilotos, al amanecer, y que se enviaría el Tanque a la fortaleza esa misma madrugada donde lo internarían según se había convenido con el Coronel del Ejército que comandaba allí, de apellido Félix de la Mota.

Así se hizo, pero, al presentarse los oficiales a la Base quedaron detenidos en la misma puerta principal. Ya el Tanque permanecía en el patio de la Fortaleza San Luis y se detuvo su tripulación; en fín, fueron trasladados los presos a San Isidro y luego permanecieron por meses detenidos en la Cárcel de La Victoria.

Mi decisión fue evadirme, nuevamente, procediendo a esconderme en la casa misma donde lo había hecho en Octubre de 1963. Se trataba de amigos magníficos que también estaban muy atentos a cuanto acontecía.

El mismo Mayor Dujarric que me había mandado a advertir mediante mensaje familiar en el ’63 de la peligrosidad de mi situación, ahora llamaba a su hermano Peter para que me previniera de que ahora los peligros serían aún mayores.

Decidí permanecer allí brevemente y estando pendiente de moverme de lugar nos enteramos de la noticia de que fuerzas militares norteamericanas habían emprendido un desembarco. Ya habíamos sabido por la radio con suma atención la relación de los combates del Puente Duarte.

Mi impresión fue fuerte, aunque no me sorprendía la ocurrencia. Dos días después, estando en mi nuevo refugio, pues había quedado en el Cibao y mi circulación hacia la capital se hacía en extremo peligrosa y sumamente arriesgada, ya que la totalidad de las guarniciones de la región se adhirieron contra el alzamiento constitucionalista como una consecuencia directa de la presencia militar norteamericana que estaba ya en curso, dos días después, según explico, me pude informar que desde la misma mañana del apresamiento de mis compañeros oficiales, se habían visto gente que fueron a la Base de Santiago en un helicóptero pequeño, pero de extrema velocidad, que, al decir de mis informantes, era de matrícula norteamericana.

Así quedaba yo aislado y totalmente separado de toda actividad o lucha en la resistencia.

En gran modo, mi actitud se desprendía del hecho de ver producirse todo cuanto había advertido la noche aquella de Juan Dolio que relaté hace unos pocos momentos.

Luego, el mar de informaciones y contrainformaciones se encargaron de dar y ofrecer a Santo Domingo como noticia primordial de todo el mundo.

Entiendo que en los otros relatos hechos en este evento se habrán podido destacar todos los aspectos de aquellos sucesos históricos sin par.

Ojalá estas modestas reminiscencias, expresadas en un tono más o menos coloquial, puedan aportar una mínima parte a la orientación que todos los dominicanos del presente y del futuro necesitan alcanzar sobre estos hechos fundamentales de la historia nacional.

Muchas Gracias.

Santo Domingo, D.N.
24 de Abril del 2002.