La prematura guerra electoral

Por:Dr. Marino Vinicio Castillo R.
Ciudadania RD Media

,Abogado , Escritor  y  presidente del partido FNP.

En medio de acontecimientos tan pesados suenan los clarinetes llamando a una prematura guerra electoral.  Saben los actores de la pasión ancestral del pueblo por la política y lo mucho que se concentra y embulla, cada cuatro años, con las ferias de sueños e ilusiones, pese a que sabe sufrir las frustraciones de los incumplimientos diluidos entre escándalos, cada vez más preocupantes y ominosos.

Parece que el pueblo no escarmienta y tarda en tomarle cuentas a la clase política, en general, de sus apostasías; no importa la anticipación del llamado a cada contienda, para participar en esa experiencia que no cesa en desnudase como tal y de ahí lo que surge es un convite más bien, en medio de la vocinglería de unos por quedarse, otros por llegar, y de algunos otros que van más lejos y hablan de volver, pese al prontuario criminoso que está siendo objeto de juicios criminales gravísimos, con otros muchos más traumáticos por abrir.

Es decir, todo cabe cuando de ir a bailar al fandango electorero se trata; no importa que los signos estén tan vivamente convirtiéndose en hechos incontrovertibles contra la supervivencia de la República.

Lo acaban de explicar, para comprender mejor, tres publicaciones del mes de agosto pasado: un Editorial del Washington Post, un Comunicado de OEA y un reportaje de la Agencia EFE, acerca de las declaraciones del señor Anthony Salisbury, el agente especial a cargo en esa ciudad del sur de Florida de la oficina de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI, por sus siglas en inglés).

En nuestro país esos descuidos de las cosas realmente importantes para prestar mayor atención a lo secundario no son nuevos, aunque residan en esto tantas cosas horribles; así, no parece ser necesario unirse para responder como un solo haz a las urgencias cruciales de su suerte.

Decía en mi programa de La Respuesta que entre relámpagos, truenos y rayos, característicos de la verborrea de la política contumaz, se perderían las voces de las admoniciones; las actitudes defensivas de tantos buenos hijos clamando porque salgan de su inercia tantos otros buenos hijos que se dejan atraer al mercado persa de la política, que, según se ha podido ver, ha degenerado al nivel de sólo ser una lucha de poder por el poder, no para cavar desde allí las trincheras necesarias para la sagrada defensa de la Patria, sino para merodear las tentaciones de los provechos inmundos.

Esas distorsiones de la atención pública animan a la traición y se la ve insolente acusar de racismo y odio al ideal de preservar la independencia.

En verdad, los intereses fundamentales están cada vez más asediados por la aleve trama internacional que, bajo palio siniestro de ONU, se propone desaparecernos casi con el mismo desprecio con que Hitler borrara del mapa con el pulgar a nuestra pequeña y decorosa República, al ser informado mientras lo examinaba que esa insignificante Nación del Caribe le había declarado la guerra a Alemania.  Hoy resultaría una tarea mucho más escabrosa y difícil para los “patricidas” y los hechos son los que están en turno del uso de la palabra, muy convincentes y su refutación poco menos que imposible, es cuanto se ha venido evidenciando.

Según ya expresé, se está dando el caso de los testimonios surgidos desde el propio Norte del poder mundial; se manifiestan en publicaciones como las señaladas anteriormente, cuál si fueren metamensajes piadosos ante el inquietante panorama que podría asfixiarnos.

A mí me resulta particularmente sensible tratarlo porque desde hace mucho tiempo, creo no exagerar si afirmo que desde hace más de dos décadas, vine previniendo de que ésto vendría, tarde o temprano.  Desde luego, prediqué en el desierto, vanamente, como siempre ocurre con voces que tildan de agoreras desde las mieles del poder nacido en las guerretas electoreras.

Ello es lo que me lleva a evocar cosas que dijera y permanecen olvidadas, porque al enumerar los distintos relieves de los peligros de hoy, si se les suman las admoniciones precedentes, se logrará comprender cabalmente las magnitudes de cuanto acontece.

Hoy nos asombramos de lo que está pasando en la escuela y el escándalo de las dificultades de nuestros niños para poder ser inscritos, porque otros ya ocupan sus lugares.  Quienes los inscribieron como autoridad, estaban conscientes de que se trataba de padres transeúntes, no residentes, genuinos extranjeros, aunque dotados de falsas cédulas de identidad.

Ahora va apareciendo la industria de venta al por mayor de este documento básico de identidad, la Cédula y las asombrosas falsificaciones del Registro de Nacimiento.  Funcionarios y particulares, constituidos en Asociación de Malhechore, han estado entregando la nacionalidad en procura de suscitar la cuestión de los derechos fundamentales de niño a la educación, que tiene amparo mundial en las Resoluciones de la cueva de trampas que es ONU.

¿Cuáles precedentes indiciarios surgieron de que algo así se estaba cocinando con el concurso de la traición nacional?  Las Marchas Amarillas, demandando el cuatro por ciento del presupuesto para la educación, con un énfasis sinuoso de que no sería la construcción de escuelas su fin esencial, sino otro, relacionado con el aumento de los niveles de la calidad de la educación en la República.

No importaron las voces que discrepaban de esas caricaturas de rebeldías públicas, que denunciaban la falsedad de ese alegato de que “las plantas físicas no eran el objetivo, sino un mejoramiento sustancial en la calidad de la docencia.”

Hoy se sabe plenamente del desastre como oportunidad para la rapiña de aquella locura, pero, además, se sabe que desde el principio se iban a necesitar más aulas, sólo porque serían millares de hijos de extranjeros ilegales los que se iban a alojar en las nuevas escuelas, que, por cierto, lograrían medalla de oro en la competencia que se abriera entre las exacciones y el saqueo de recursos públicos.

Otro ejemplo de advertencia sana contra políticas públicas viciosas es la trágica suerte del llamado Nuevo Código Penal, que todos sabemos ha merecido, una vez aprobado, dos vetos u observaciones de un oscuro ejecutivo amparado en el cínico alegato de “Las Tres Causales” para el aborto industrial, callando con astucia otros motivos verdaderos para asesinar ese Código, que fuera en su versión original una adaptación magnífica de las modernísimas innovaciones que Francia introdujera para la joya de Código con que hoy cuenta.

Anticipo una pregunta clave: ¿Creen ustedes que se hubiera podido hacer el daño horrible que nos hizo aquel gobierno subastador de nuestra soberanía, de haber estado en vigencia ese Nuevo Código Penal? No, si se piensa en que su normativa relativa a Crímenes y Delitos contra los Intereses Fundamentales de la Nación lo hubiera impedido.  Todos hubieran ido a parar al banquillo de acusados de alta traición, pasibles de hasta cuarenta años de reclusión mayor.  Es más, aquellos que se atrevieron a vender vilmente la República, hubiesen sido barridos por decenas de querellas populares presentadas para impedir la ignominia.

Hoy tendría que ir más lejos y repetir que esa otra vergüenza revelada en la venta de identidades por obra de grupos constituidos en Asociación de Malhechores en el seno mismo de un organismo tan importante como la Junta Central Electoral y el Registro Civil dependiente, ni siquiera lo hubiesen pensado, al entender que sus hechos tendrían un rango de altísimo interés nacional para su justicia penal, a nivel del incendio voluntario, el terrorismo, el asesinato.  En pareja con los Crímenes de Lesa Humanidad, en el caso éstos son de Lesa Patria.

Millones de palabras fueron las mías para denunciar y advertir de estas cosas y hoy las tenemos que analizar como un background para poder medir las proporciones de lo bandidesco que todo ésto ha resultado.

Pero bien, no es hora de lamentaciones y lo crucial es contribuir a que se despejen las brumas que se arrojan sobre nuestros peligros y luchar; otra cosa no cabe; sin recelos ni vacilaciones, abrazarnos en esfuerzos porque están presentes, ya como realidad, las que parecieron vanas amenazas, cuando eran advertencias serias.

La hora del clarín de la prematura guerra electoral está presente, pero la patria se hunde en la urdimbre internacional de la trama de ONU.  Esto es vital retenerlo.  La “cueva de trampas” es el lugar desde donde se dirige la agresión integral a nuestros destinos, para evaporarnos reabsorbidos por obra del descomunal desatino de la Geopolítica mundial, que supuestamente está muy atenta al rescate de Estado Nación colapsado, liquidando a otro que es el nuestro, para poder así engendrar un Estado Binacional, en lugar de dos Estados perdidos, todo confiando en que, en todo caso, quedaríamos a merced de sus soldados celestiales de cascos azules y botas de opresión.

Pocas veces han ocurrido crímenes internacionales como el que está en ejecución; sé bien que será difícil resistir todo ésto, pero el pueblo nuestro, que fuera autor de su independencia y luego la recuperó de otras manos más poderosas, no se resignará a su perdición para siempre y ya se puede augurar lo que ésto implicará como conflicto.

Se hace imperativo recordarle a la clase política que la primera en ser barrida con hondo desprecio será ella; que de las propias legiones de confundidos e incautos que hoy parecen seguir prédicas aborregantes, también surgirán hombres y mujeres valientes, capaces de sumarse al puñado de siempre: el de Fernández Domínguez y Caamaño, que siendo hijos de oficiales vitales para la opresión se coronaron de gloria en la defensa de su patria agredida.

Se equivocan quienes piensan que este pueblo, por ser tan generoso, caerá en la trampa de su desaparición, sin antes inmolarse sus mejores hijos.

Nuestra historia, que se ha pretendido borrar, así lo señala: Es hora, pues, de llamar a la guerra para propósitos más trascendentales y sólo hay un camino: Gritar “!Presente, a sus órdenes Patria mía!.”  Preguntarle  ¿Cuáles son mis tareas? y decirle que sabremos lavar las ofensas.  Y quien lo dude, que siga montado en la nube de la oscura indiferencia de la traición.  El pueblo tiene en su Himno su guía:  Basta con examinar sus dos componentes, el relativo a su Independencia primaria y el otro, no menos glorioso, de su Restauración.  Ahí están descritos los esfuerzos, los dolores, las lágrimas, la sangre y todo cuando se necesitó para cumplir con las dos gestas.

Pero debo hacer un alto y dedicarme a evocar cosas valiosas, sorprendentes, de un gobernante nuestro, Joaquín Balaguer.  Algunas han trascendido vagamente porque siempre se debatió en circunstancias muy adversas y su satanización fue un colosal programa destinado a destruirle.

Hoy quiero referirme a una sola de las experiencias porque creo que es justo y pertinente destacarla.

Cuando el Presidente Clinton cometía el inmenso error de desmantelar a Haití para siempre, todos sabemos que Aristide fue su ariete.  Tenía la decisión de suprimir su ejército y cuando leí su autobiografía “Mi Vida” encontré cosas desconcertantes de la fascinación de aquel gobernante norteamericano brillante por el cruel exponente de presidente exiliado, capaz de celebrar el uso del Papa Lebrun, luego de ser repuesto, y con ello demostrar el mismo asesinismo de los cuadros militares que desaparecían.

Para mí, leer todo aquello me resultó una fuente interesante de evidencias de por dónde iban a ocurrir las cosas y cómo “de aquellos polvos se traerían estos lodos”.  En algunas de las próximas entregas me dedicaré a hacerle a esa Autobiografía un examen en lo que concierne a Haití.

Hoy solo quiero mencionar un gesto del gobernante dominicano con motivo del dramático bloqueo que se decretara contra Haití para forzar la salida y entrega del poder de manos de los grupos militares, a quienes Clinton concebía como únicos monstruos en aquel país destrozado.

Vino a ver al Presidente Balaguer un funcionario importante del Departamento de Estado para informarle que su gobierno lamentaba y esperaba resolver la cuestión relativa a la violación de las restricciones del bloqueo, especialmente que el ejército dominicano practicaba y protegía el tráfico de combustible.

Al llegar a ese punto, Balaguer reaccionó y lo detuvo en su acusación, diciéndole al enviado diplomático:  “Todas nuestras Fuerzas Armadas tienen órdenes precisas mías de no detener el aprovisionamiento de combustible.”  Le indicaba que su gobierno no podría, en ningún caso, sumarse al aumento de las necesidades de la población haitiana, dado que eso se tornaría en una presión de población insoportable que podría crearle situaciones indeseables al país.

Eso lo llegué a saber directamente, no porque alguien de aquí me lo dijera.  Lo supe tiempo después por el comentario que me hiciera alguien del personal de la Embajada que acompañara al emisario de Washington.  Era el tiempo en que trataba con la Misión muchos aspectos relativos a la cuestión del narcotráfico en mi condición de Presidente del Consejo Nacional de Drogas.

Me dijo aquel testigo del gesto muchas cosas para expresar su admiración por ese Presidente que calificó de “envidiable, culto, trabajador y visionario, a pesar de ser un no vidente; que ojalá los gobernantes de América Latina tuvieran la mitad de la serenidad de ese anciano, que comprendía tan asombrosamente las necesidades de su pueblo.”

¿Por qué traigo ésto aquí?  Porque tiene mucho de lección el Gesto, lo que permite comprender a fondo cuál ha sido la mentalidad que ha guiado todas las maquinaciones contra nuestra existencia como Estado Nación.

Ahora bien, debo ser justo y reconocer que el Presidente Abinader también ha sido capaz de reprender el comportamiento de las potencias, tanto por cartas memorables a sus gobernantes, como por posiciones asumidas en Los Angeles, California, negándose a la firma de un documento que podría perjudicar nuestro país.  Sin embargo, también debo decir que, al tiempo que reconozco estos últimos gestos, advierto a su autor que lo más valioso de ello reside en que se cumplan los términos de las actitudes valientes, sin vacilaciones, sin ofrecer espacios a la sospecha pública de insinceridad de su parte.

Aquel viejo ciego, no sólo irrespetó el bloqueo, sino que también se opuso a los diecinueve campamentos de veinte mil habitantes cada uno, propuestos por Clinton, y cuando se le sugirió por lo bajo un posible Premio Nóbel de la Paz, su respuesta fue tajante y alta: “No necesito ni procuro reconocimientos internacionales de ningún género; mi deber fundamental es servir a los intereses de mi Patria.”

Le quitaron dos años, es cierto, estuprando la Constitución, pero descansa en paz en el Cristo Redentor, mientras crece con el tiempo el reconocimiento de su pueblo, ya apagada la tea de las pasiones que lo asediaran sin reposo.

Al Presidente Abinader que se cuide de tener que pagar un alto precio si sigue consintiendo que sus colaboradores desconozcan y desafíen sus facultades estrictas y privativas de Jefe de la Política Exterior, conforme al canon constitucional.

El precio sería la ira del pueblo al sentirse engañado y lo digo con un ánimo no beligerante, sino como una advertencia, porque el drama nuestro está necesitado de asumir como consigna la vieja expresión: “Quien divide traiciona.”

Mis preguntas:  ¿Entienden ustedes que estas contribuciones son extensas  por la necesidad que existe de tratar la animación de la conciencia nacional sobre los peligros?  ¿No admiten ustedes mi buena fe al hacerlo, convencido como estoy de que no cabe la expresión aquella “estamos mal, pero vamos bien”, que tanto sirve como consuelo de muchos que fracasan en las horas de poder?  Estamos mal y para ir bien hay un solo requerimiento: Servir a la Patria sin tasa.  Espero en Dios que mis palabras puedan tener alguna utilidad para la causa nuestra.