
En el corazón de Santo Domingo, mientras el humo de los motores se mezcla con la humedad de un ecosistema cada vez más frágil, las autoridades siguen construyendo sin brújula ni mapa. La ampliación de la avenida República de Colombia y el posible impacto al Jardín Botánico Nacional revelan lo que ya muchos temen: una administración que improvisa sobre el terreno, sin escuchar a quienes lo habitan, ni entender el terreno que pisa.
El silencio del Ministerio de Obras Públicas ante los señalamientos de medios y ciudadanos sobre el riesgo de intervenir una franja del Botánico no solo es preocupante, es sintomático. ¿Cómo justificar obras de esta magnitud sin estudios transparentes ni diálogos públicos? ¿Por qué es más fácil encontrar planos filtrados que comunicados oficiales? Cuando la política pública evita el contrapeso técnico y ciudadano, lo que queda es una peligrosa oscuridad administrativa.
El Ministerio de Medio Ambiente, lejos de actuar como guardian del entorno, se ha conformado con tranquilizar mediante declaraciones sin sustancia. Asegurar que “no hay intención de afectar” sin presentar evidencias es, en la práctica, una forma de mirar hacia otro lado. Y mientras tanto, el Jardín Botánico, el pulmón verde más vital de la ciudad, se entera de su posible mutilación por titulares y rumores.
Este episodio es más que una disputa técnica: es un reflejo de una visión urbana centrada en el tráfico, no en las personas; en túneles, no en árboles; en cemento, no en resiliencia climática. En medio de una era donde el cambio climático exige planificación, sostenibilidad y conciencia, las decisiones siguen guiadas por la urgencia económica y el desdén ambiental. Se urbaniza rápido, pero se respira peor.
Lo más inquietante no es solo la opacidad institucional, sino el silencio social. En un país donde los temas trending de redes sociales ocupan el pensamiento colectivo más que la calidad del aire, la transparencia ambiental no genera suficiente atención. La juventud, cautiva de una narrativa manipulada por entretenimiento y distracción, raramente se involucra en lo que realmente importa. El Gobierno lo sabe, y lo utiliza.
Lo que hoy pasa con el Jardín Botánico no es un caso aislado, es un patrón. El discurso oficial evade las preguntas, la ciudadanía se entera tarde y las decisiones se toman sin consulta. Y en esa falta de contrapesos—académicos, sociales y digitales—la democracia pierde su oxígeno al ritmo que lo pierde el bosque urbano.
El país necesita mirar más allá del túnel. Porque si la infraestructura se construye sin visión climática, técnica y social, solo nos quedará circular entre los escombros de lo que alguna vez fue verde, público y de todos.