
Los Therians representan, sin duda, una sombra de la degradación, un fenómeno que resuena como un eco sombrío de la caída de la dignidad humana. Este movimiento, tejiendo un llamado insidioso, arrastra a muchos hacia un abismo de degradación, donde se pierde la esencia misma del ser humano y el valor intrínseco se deshumana.
Romanos 1:22-23 nos advierte sobre el peligro de la sabiduría humana que se convierte en necedad: “Profesando ser sabios, se hicieron necios”. Esta advertencia es crucial en un contexto donde la identidad se redefine de formas que desafían la naturaleza misma del ser humano.
Recordemos aquellos días de infancia, cuando las tardes se llenaban de historias contadas por el vecino más colorido. Relatos de transformaciones mágicas que, aunque fascinantes, nunca cruzaban la frontera de la realidad. Eran narrativas del imaginario popular que nos mantenían unidos, anclados a valores como la familia y la fe. Sin embargo, hoy esa línea divisoria se ha desvanecido, y lo que antes era ficción ha comenzado a infiltrarse en nuestra comprensión de la identidad.
El fenómeno del movimiento “therian”, en el que un número creciente de personas, especialmente adolescentes, se identifica o actúa como animales, plantea inquietudes sobre nuestra humanidad. Esta tendencia, amplificada por plataformas como TikTok e Instagram, promueve identidades distorsionadas que erosionan las bases de lo que significa ser humano. En la República Dominicana, esta situación se agrava en contextos donde la educación moral y religiosa ha sido relegada.

Los algoritmos de las redes sociales celebran lo aberrante, presentándolo como libertad personal. Esta crisis no es solo una moda pasajera; es una pérdida de propósito que amenaza con arrastrar a generaciones enteras hacia la autodestrucción. Los padres han abandonado su rol como guías espirituales, permitiendo que instituciones que debilitan la identidad cultural se conviertan en los principales agentes de formación.
La responsabilidad del Estado es igualmente crucial. Debe invertir en programas educativos que reintroduzcan valores esenciales de identidad cultural y espiritual. Al alejarnos de la verdad de que fuimos creados a imagen de Dios, hemos permitido que corrientes de pensamiento distorsionadas se infiltren en nuestras comunidades.
El Génesis nos recuerda que fuimos creados con un propósito divino: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27). Este recordatorio es vital en tiempos donde los adolescentes buscan su identidad en lo animal, olvidando su dignidad inherente. La batalla por nuestra humanidad es urgente y necesaria.
La hora de actuar es ahora, antes de perder completamente a una generación ante esta autodestrucción espiritual. No podemos permitir que esta degradación sea tratada como tolerancia; debemos reafirmar nuestro compromiso con la cultura y la fe cristiana, que son esenciales para mantener nuestra identidad en un mundo en conflicto.