Por: José Lino Martínez Reyes
CRDmedia

Lo primero que preciso decir es que de quien hablo, como dice Silvio Rodríguez, no es un hombre común, mejor prefiero hablarle de un espécimen humano cuya mejor identidad es de un carpintero del amor y de profunda sensibilidad para con sus gentes. Hablo también, de un pequeño gigante de la bondad, forjado en la fragua de la generación del 42, donde cada fibra del honor se tejió en el calor solidario y fundido en un amor eterno para sus congéneres.
Rijo Ortega, fue un hombre de etiqueta pueblerina, desde cuando su pueblo, en los 60’s, cuajaba en amor en el sonido de las velloneras, cuando allá profundamente en la lontananza se escabullía un silbido romántico de son, bolero y guaguancó que, en el tiempo abraza la simbología del Bonao del ayer y, el paso tuntún de los bohemios contertulios de las madrugadas en las que unos trínales de arpeos o las primas de guitarras serenateras, recogían las penas de unos amores perdidos o quizás, el propio despertar de otros encontrados, pero en sí, catarsis de la esperanza perdida de un pueblo que ahogaba sus agonías en sus bohemias nocturnales que en las penumbras de las noches rumiaban lo que en el día su sitio sufría.
Al mirar el balance de los vivos, la sorpresa se me fue contigo. Y ahora, contando el pasado de aquellos días, y teniendo alas para volar en solitario, te recuerdo cuando por todos emprendiste soportado por tus aleteos y sin descuidar la simetría triangular de las manadas que rompen el aire de la soledad y, al sentir tu imponente gloria de tu solidaridad, siempre pienso en el pan que, a flor de entrega llevabas para mitigar el hambre de tus pares, ya vecinos, ya familia, ya cualesquiera transeúntes y, por quienes en paz tu vida no dormía, llevando tus ofrendas a sus manos y espantando hambres de tu pueblo que, de aires y espasmos sus vientres les dolían, mientras soñaba que sus andorgas carentes de migajas, y la propia escasez de las comidas, retumbaban con fuertes aullidos y gruñidos los estómagos que gemían persiguiendo la esperanza a cambio de mitigar sus agonías.
¡Cuidado, no hagan escándalos!, ¡que anoche, como todas la noches se acostó con sus ojos despiertos sin poder cerrar los palpados casi en espera de las próximas madrugadas para levantar vuelo a cazar comidas para sus comensales de su Bonaire que bajo el rocío de las madrugadas perseguían la viandas que en sus fogones para tertuliantes preparaba!. ¡Cuidado, te dijes, que no hagas bullas…que lo despierta de su camino de nuevo peregrino que durmiendo ha salido detrás de su nuevo camino!

¡Caramba! ¿Y ahora qué hago?, ahora suena el A-8, de la Bonaire y de su vellonera sale como un silbido de espanto, en la voz del Bienvenido Granda, y que, con su Percal también despertará a Prieto Ortega, y que ahora también duerme el descanso del danzón que otrora bailaba con su Gladys al ritmo de pasos estirados y con zapatos de stilettos o tacón de aguja y, que no quiero que también se despierte a coger la pista que con su cadencia de puntillas y ritmos que a la vida dibuja.
¡Y no desesperes Rijo!, que si la Gloria se logra con bienes al próximo, ellos estarían inscritos en las cartillas de San Pedro en varios tomos y esperando por ti para cruzar contigo en las monturas celestiales en las zancas de sus lomos. ¿Y viste Rijo tu sarcófago?, ¡que te sirvió como el traje de la Logia!, que no hubo que martillarlo para entrar silente al camposanto en compás de los que fueron tus juramentos odfélicos de llenar de obras tu ejercicio de vida de 84 abriles y, sin lamentos cuando los seres de tu guarda, el amor dejaron cerrados y su corazón tapados cuando trataste de tocarlos. ¡No importa Rijo, aquí estamos los vivos, y no nos duelen las puyas de la jeringas de las insulinas, simplemente nos duele tu dolor de dejarnos sin ti cuando el cálculo de tu longevidad quebró el instintos de tu sorpresa de irte a destiento con tantas vidas pendientes.
¡Y así mismo, no te vayas, quédate! ¡A ti nadie te mandó a marcharte creyendo que te irías!, y sin saber que en Bonao tu impronta tenías. Y mira como era, una simple casona con olor a tablas de costaneras, pero cubiertas por el lienzo de la inmortalidad que por siempre te esperas. Y aquí, me confundo, no sé cómo mejor la historia cotidiana te recordará, si como Rijo Bonaire, ejemplar padre, consejeros de los afligidos, duende de la bondad, corre camino de itinerante huésped que se paseaba por los calderos de la abadía Orteguiana a probar si en sus anafes de carbón o leñas los gatos no dormían por faltas de ofrendas… Y como le dijo Luna al sacerdote que la ungió en su frente de niña confundida con la vida o la muerte, o si la ultima es sueño o la otra es partida, ¡Padre, Rijo murió y se fue para el cielo!, o como pregunta su compinche Andy, su biznieto de 3 años, ¿Y dónde está Rijo-en su lenguaje balbuceante-, que no lo veo, ¡Quiero jugar con él con mi espadachín de coores-en su jerga infantil- verdes! ¡Ve Caolín-su madre-, búscalo que aquí su Chilla está vachía!.. Y la otra, Luna, de las proles de su Maritza Ortega y cuatro años, en sus oraciones de acostarse, aun dice, ¡oremos por esta noche mala, ¿y por qué mala mami?, porque Rijo se fue con Papá Dios, y yo lo amaba, y lo voy a extrañar!
Y os dijo de despedida inicial, porque presiento estarás vivo hasta que el mundo muera, y según la espera final, estaremos juntos hasta que la propia vida deje de respirar. Pero nada Rijo, si acaso se ha ido algo de ti, no será nuestro recuerdo eterno, y no solo por mí, sino por tu siembra que por siempre germina en el reciclaje de tu nombre que hoy, simplemente se monta en carrusel de los inmortales que formaron las trovas del Bonao del ayer. Y te digo una cosa en silencio, de oído a oído, ¿Me escuchas?, tus hijos desde Félix, Alex, Dinorah, Ely y Maribel, este o aquel, deberán montarte la guardia por siempre honrando tu nombre sin dividir jamás tu gloria y candor, aquel que forjaste a sangre, fuego y sudor para legarle tu estirpe que relucirá por siempre como un hechizo de honor. ¡En paz descanses hasta que vuelvas a buscar tu vida, al declararte en eterno celibato, solo en espera de tu Maritza Abreu, que grifas te ponía el alma cuando a leguas recordabas en tu calma su calor y aquellos días de bohemio soñador! Adiós, Rijo Ortega!