Médicos Agotados y Pacientes en Riesgo en un Sistema que Normaliza el Burnout

Jeffrey Medina Rivas
Ingeniero industrial y experto en seguridad y salud ocupacional. MBA en Gestión Óptima de Proyectos de la Universidad de Cádiz, España, y Maestría en Gestión Integrada: Medio Ambiente, Calidad y PRL de la Universidad Internacional Iberoamericana, EE. UU.

En el sector salud hay una realidad que dejó de ser excepcional para convertirse en rutina: trabajar agotado. Guardias extendidas, turnos sin descanso y una presión constante que no da tregua han sido durante años interpretadas como parte de la vocación médica, cuando en realidad responden a un desgaste estructural que el sistema ha decidido tolerar.

El burnout no es una moda ni una exageración académica. La evidencia es consistente al señalar que entre un 30 % y un 50 % de los médicos presentan síntomas compatibles, lo que en la práctica implica que en muchos entornos uno de cada dos profesionales está emocionalmente agotado. No se trata de episodios aislados de estrés, sino de una condición sostenida que erosiona progresivamente la capacidad de respuesta.

El impacto trasciende al profesional y alcanza directamente al paciente, porque un médico fatigado incrementa la probabilidad de error, reduce la calidad de sus decisiones y ve limitada su capacidad de reacción ante situaciones críticas. Esto no es una percepción, está documentado en la literatura científica, que vincula el agotamiento con errores clínicos, menor calidad de atención y eventos adversos.

La pregunta que surge entonces no es menor: qué tan seguro puede ser un sistema donde el cansancio se ha convertido en norma operativa.

Las causas están claramente identificadas y responden a factores estructurales. La sobrecarga asistencial coloca a los profesionales frente a más pacientes de los que razonablemente pueden atender, en tiempos cada vez más limitados y bajo una presión operativa que no refleja la complejidad real del acto médico. A esto se suma la falta de control, donde la alta responsabilidad clínica contrasta con un bajo margen de decisión sobre las condiciones de trabajo. Finalmente, el desbalance entre esfuerzo y recompensa termina consolidando un entorno donde se exige mucho más de lo que se reconoce o se compensa.

A pesar de esto, muchas instituciones continúan abordándolo desde un enfoque equivocado, priorizando intervenciones individuales como talleres o capacitaciones que, aunque pueden aportar valor, no modifican las condiciones que generan el problema. El error está en intervenir al individuo cuando la raíz se encuentra en la estructura del trabajo.

En el contexto de la República Dominicana, el Reglamento 522-06 establece la obligación de identificar y controlar los riesgos laborales, dentro de los cuales se encuentran los riesgos psicosociales, aunque en la práctica muchas organizaciones aún no los abordan con la profundidad que requieren. Este es, precisamente, uno de los puntos más críticos en la gestión actual.

El burnout no puede seguir siendo tratado como un tema blando o secundario. Es un riesgo operacional que impacta la seguridad, la continuidad del servicio y la calidad de la atención. Insistir en abordarlo como un problema individual equivale a aceptar que el sistema funcione con fallas estructurales, cuyos efectos terminan reflejándose en errores, rotación de talento y deterioro del servicio.

El sistema de salud no puede sostenerse sobre profesionales agotados, porque cuando el médico se quiebra, el sistema también lo hace, y en ese punto la discusión deja de ser laboral para convertirse en un tema de seguridad y, en última instancia, de vidas.

 

 

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Author: CRDMedia

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