Por: Jesús Batista Suriel
Diputado del Parlacen por la FNP.
CRDMedia

La llegada del nuevo Código Penal de la República Dominicana, conocido como Ley 74-25, que se promulga el 3 de agosto de 2025 y entrará en vigor en agosto de 2026, marca un cambio trascendental al reemplazar el vetusto código de 1884. Esta reforma no solo introduce más de 70 nuevos tipos penales, sino que también incrementa la pena máxima a 40 años, evidenciando un enfoque más contundente frente a la criminalidad. La inclusión de delitos tan relevantes como el feminicidio y el sicariato responde a la necesidad de abordar problemáticas sociales apremiantes que afectan la vida cotidiana de los dominicanos.
Sin embargo, la inminente implementación del nuevo Código revela una alarmante falta de difusión y comprensión en torno a su contenido. La sociedad dominicana se enfrenta a un inquietante vacío informativo que podría obstaculizar la efectiva asimilación de estas nuevas normativas legales, generando confusión y desconfianza en el sistema judicial. Esta situación no solo compromete el acceso a la justicia, sino que también puede perpetuar la impunidad y debilitar el estado de derecho, dejando a la población en una vulnerabilidad jurídica preocupante.
Es imperativo reconocer que la urgencia de una comunicación clara y efectiva se torna más apremiante que nunca. La inclusión de delitos contemporáneos, como la difusión no consentida de imágenes íntimas y el uso del ácido del diablo, plantea interrogantes sobre si los operadores de justicia están debidamente capacitados para interpretar y aplicar estas nuevas disposiciones. Sin un enfoque integral que promueva la educación legal, la implementación del Código podría convertirse en una mera declaración en el papel, incapaz de traducirse en justicia efectiva.
La extensión de los plazos de prescripción para delitos sexuales contra menores y la introducción de la responsabilidad penal de las personas jurídicas son pasos significativos. No obstante, su éxito dependerá de la correcta aplicación en los tribunales. La falta de comprensión por parte de jueces y fiscales sobre las nuevas disposiciones podría generar interpretaciones erróneas que afecten tanto a las víctimas como a la sociedad en general. Esta falta de uniformidad en la aplicación de la ley podría llevar a un sistema judicial aún más fragmentado y confuso, socavando la confianza de la ciudadanía.
Además, la crítica se dirige hacia la escasez de campañas informativas que expliquen las implicaciones del nuevo Código a la población. Sin un esfuerzo coordinado para educar a los ciudadanos sobre sus derechos y responsabilidades, existe un riesgo real de que la gente no sepa cómo actuar en caso de ser víctima de un delito o cómo defenderse ante acusaciones. Esta desconexión entre la ley y la sociedad puede resultar en un aumento de la desconfianza en el sistema judicial, debilitando el estado de derecho y perpetuando la impunidad.
La implementación del nuevo Código también exige una actualización en la formación de los profesionales del derecho. La falta de capacitación adecuada para jueces, fiscales y abogados podría dar lugar a un uso ineficaz de las herramientas que el nuevo Código proporciona. La justicia penal no puede ser efectiva si quienes la administran no están alineados con los cambios normativos. Por ello, es fundamental establecer programas de formación que preparen a todos los actores del sistema judicial para una transición efectiva y coherente con las nuevas disposiciones legales.
El desafío no se limitará solo a la capacitación y la difusión de información. La logística de implementación, que incluye la adaptación de procedimientos y la disposición de recursos, también debe ser considerada. Sin una infraestructura adecuada que apoye la aplicación del nuevo Código, su efectividad quedará comprometida. Las instituciones deben estar preparadas para gestionar el cambio no solo en términos de conocimiento, sino también en recursos humanos y materiales que faciliten la correcta administración de justicia.
Justo es reconocer que el nuevo Código Penal de la República Dominicana presenta avances significativos, pero enfrenta desafíos que requieren atención inmediata. La falta de información y capacitación puede limitar su efectividad, y es responsabilidad del Estado y de la comunidad jurídica trabajar en conjunto para garantizar una transición exitosa. La implementación de este Código debe ir acompañada de un compromiso genuino para educar a la sociedad y a los profesionales del derecho, asegurando que la revolución penal no sea solo un cambio formal, sino una realidad que transforme la justicia en el país.